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Azul

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Lo que la lluvia se llevó


Lluvia.
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Amante del bosque, infiel a los humanos.

Arrasa con las calles. Retumba sobre las aceras de Galicia y murmura suavemente en La Rambla de Catalunya. Vacía los parques. Emborrona la ciudad. Castiga sin piedad las almenas del castillo. Hace que te caigas y que te duela. Hace que te levantes. Que te mojes. Que te atrevas a salir. Te reta a combatir tempestivas enfermedades y a descubrir nublados paisajes. Es portadora de magia, vida y, a veces... muerte.

Nutre las raices, cuece la verdura.

Te empapa de esa amarga sensación que se mueve entre el calor que proporciona tu abrigo y el frío que se cuela entre sus pliegues. Te advierte, te sugiere, te miente. A veces es visible, otras solo llovizna. No juega, pero siempre gana. En ocasiones se la escucha venir. Otras, es silenciosa.Comienza, para..., mas siempre vuelve.

Tienes todas las de perder.
Y aun así:

¡Déjate llevar!
Camina por las calles mojadas, es un excelente ejercicio de equilibrio.


(...)Y también es vida aunque,
a veces,
como a mí me ha pasado hoy,
te roba el alma.

[Escrito en una Galicia muy conocida. La de los zapatos mojados, los interminables minutos bajo un portal y, en definitiva, la que llueve vida camuflada de recuerdos.]

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Posdata: Lo Siento


Como si de una novela se tratara. Allí estaba él, sobre un cómodo sofá en la cafetería más internacional de Barcelona. Escudriñaba el cristal que le convertía en mero maniquí a ojos de los que aquel día caminaban la sinuosa calle del Carrer Comptal. Mientras, sorbía café.

Sus pasos le habían conducido allí casi sin pensarlo. Había llegado a Plaza Cataluña en tren, la había cruzado en linea recta por Ronda de San Antonio y había llegado a Urquinaona. Nada fuera de lo previsto. La ciudad estaba como siempre. Ni un solo cambio, a excepción de la neblina azul que se forma en otoño a esas horas de la mañana.
Llegados a este punto, se le ocurrió la magnífica idea de mirar el reloj. No le faltó tiempo para apreciar que tenía una hora de margen antes de que inexpertos caballeros en temas de Hardware y Software se dispusieran a escucharle con atención, curiosidad y profundo agradecimiento.

No lo pudo evitar.

En el mismo momento en el que vio los números del reloj, fue consciente de dónde se encontraba: En el cruce de San Antonio con Vía Laietana. O lo que es lo mismo, a escasos metros... de él (otro).

Aún con su móvil en la mano, puso en práctica la valiosa habilidad de su pulgar tecleando un aséptico mensaje. Una situación imprevista, una hora límite y un lugar determinado.

Aquel lugar.
El sillón donde ahora se sentaba había sido, precisamente, el testigo de su primera y, hasta el momento, última despedida. Un beso mal dado había sellado una mañana repleta de conversaciones amenas y momentos interesantes. Por aquel entonces, el sol todavía exprimía a hostias las lágrimas de sudor que tenía uno en el cuerpo.

Entonces habían hablado del tiempo, de sueños televisivos, de las expectativas del nuevo curso académico y de alguna que otra ambición incierta. También se habían prometido momentos por compartir, perpetuando así el ritual del primer encuentro. (¿Por qué no vamos a...?, ¡Tenemos que...!)

El climatizador automático de la cafetería del Carrer Comptal era lo único que mantenía aquel sillón en la misma temperatura. Fuera, el paisaje se adivinaba radicalmente diferente. Mientras "aquella vez" las sombras habían bañado de respiro los castigados balcones del Carrer; un azul pálido, casi blanco, era el que ambientaba ahora el barcelonés scenario: Toda la ropa que se pudiera llevar encima era poca para resguardarse de un frío de esos que le arañan a uno hasta los ojos.

No venía.
Miradas perdidas caminaban sobre la ruta de escaparates que se extendía a lo largo y estrecho de la lozana calle. Hombres altos, rubios y de ojos azules consultaban complicados mapas con la mirada que pone alguien a quien le acaban de quitar un caramelo de la boca.
Seguía sin aparecer.
Muchachas de pinta inocente y abrigo largo; cruzaban la calle luciendo una mirada que desafiaba hasta al mismísimo suelo, mientras hacían lo posible para que sus carpetas, tatuadas con los escudos de las mejores universidades de españa, no se resbalasen entre sus entumecidos dedos.
No... entraba por la puerta.

Pero vaya... ¡Tampoco tenía por qué hacerlo! Era un chico ocupado...-se decía. Siempre tenía cosas que hacer. Debía tener tiempo para los estudios, las prácticas, las largas horas de tren que le devolvían a su casa... Para sus amigos, para sus amigas, para conciertos, para pasar días sentado en casa, para su familia, para los líos que confesaba tener, para desconocidos...
Era... ¿Comprensible?
Tenía tiempo para todo. Menos para él.

Eso podría resultar comprensible. Al menos más que el hecho de recibir llamadas disculpándose por no aparecer, pero repitiendo la jugada de nuevo al cabo de unas semanas.

Lo que nuestro protagonista hizo entonces les resultará a muchos curioso, paradójico, lamentable, rastrero e inmaduro, pero oh... qué demonios, ni el amor ni la amistad entienden de valores, cuando se sienten abandonados.
Un año después de "aquel día", el café que estaba sorbiendo yo, en Carrer Comptal, en ese momento... se estaba bebiendo su última oportunidad: una de esas que se le antojan a uno más injustas que las anteriores.

Cuando la situación inesperada se agotó, el tiempo se acabó y abandonaba el lugar... tomó la decisión más dura que jamás había tomado. Decidió que lo "desconectaría", evidenciando así la triste facilidad con la que, hoy; gracias a eso que llaman web 2.0 se puede eliminar a alguien,... si no de tu vida, sí de tu vista.

Sí, se sintió lamentable, rastrero, inmaduro, y hasta culpable. Hasta creyó sentir una lágrima resbalar por su corazón.

No obstante,

A pesar de que haya viajes que nunca terminan...
Hay otros que, no se sabe por qué (o sí), comienzan... y acaban.


[Escrito el 08 del 12 del 09 en una Barcelona azul, un día en el que, después de todo un año, me harté de tragar nubes de impaciencia]

Posdata: Lo siento.
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El Bosque


Una capa de oscuridad emboza la luz del día.Espesas pero volátiles masas de gris se funden con los blancos que, todavía, resisten en el cielo.

Abajo, en la tierra, el bosque se agita.
Tímidamente; las valientes, ancianas hojas que aguantan el pequeño vendabal susurran desde lo alto arrugados cantos a sus fieles compañeras caídas.
Éstas últimas, poco a poco, se alejan, empujadas por una presente pero invisible fuerza que semeja insuflarles vida propia.


Mientras fuera ocurre todo esto, observo cómo las gotas de lluvia castigan sin piedad los cristales de mi ventana. Me escondo bajo una manta roja y disfruto del momento haciendo lo propio: (D)escribiendo.



Escrito en una Bellaterra que; hoy, por unos instantes, ahora...
Está consiguiendo que vuelva a casa.

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¡Basta!


Hoy es uno de esos días en los que nada ha salido bien.

Hoy
es uno de esos días en los que te apetecce gritar, para que todo el mundo se entere de tu desgracia.

Hoy
es uno de esos días en los que no dices "buenos días", al llegar. Sino "vaya mierda" cuando te vas a dormir.

Hoy
es uno de esos días en los que me siento culpable, demasiado responsable, y mal en general.

Hoy
también es uno de esos días en los que miro a las estrellas, buscando el consuelo.

También hoy, mirando, la he visto a 'ella'... mirando a otra persona.

No obstante, hoy, las estrellas deberían importarme más bien poco.

Hoy
, no soy capaz de encontrar el famoso término medio.

Tampoco hoy soy capaz de darlo... todo.

Hoy
, el pecho me oprime el corazón.

Hoy
tengo lágrimas en mi interior.

...
...
...
...
...

Y mientras hoy, todo esto está ocurriendo,
decido poner punto y final a la lista,
no solo escuchando una canción que me anime el día
sino acabando este texto.

Dijo el maestro:
"...Y escribe también sobre los malos episodios,
para no olvidarlos sin antes aprender de ellos,
para escudriñar... dónde estuvo el error.
Para no perder el norte...

Por último,
también porque,
ante determinados escenarios,
paisajes
y situaciones...

Se aprende demasiado rápido

a olvidar."


Eso ha dicho él. ¿Y tú, improbable lector...?

[Escrito en una Barcelona fría,
después de un día en el que el sol brilló... más pálido que nunca.]
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Semana de (des)cuentos en El Corte Inglés


Otra vez era de noche.
La luna estaba llena, aunque yo todavía no lo sabía.

Las calles de Barcelona se me antojan diferentes cada vez que me propongo descubrir sus oscuros recovecos y sus ostentosas obras públicas.

Hoy, en concreto, la esquina de Ronda Universidad con Paseo de Gracia era un completo y total hervidero de gente. Miles y miles de personas, algunas en solitario, otras en grupo, iban y venían de un lado para otro. Algunas estaban esperando... algo (a alguien, probablemente). Otras caminaban con decisión, exhibiendo una cara que, más que segura, daba la sensación de estar narcotizada.

Bolsas y bolsas iban de arriba a abajo, de abajo arriba;
De izquierda a derecha,
De derecha a arriba
de arriba a izquierda,
De izquierda al hombro del pobre chico que está caminando con la mirada perdida

que, por cierto,

soy yo.

-Disculpe, eh?

Es curioso cómo un roce a tan corta distancia puede encontrarse al mismo tiempo a miles de millones de años luz.
Está claro: A pesar del insignificante dolor que me produjo la bolsa de aquella señora, no le acabé dando mayor importancia al asunto. Aquella mujer, al igual que el golpe de su bolsa, se encuentran demasiado lejos de mí como para que yo me preocupe por la desintencionada ofensa.

Me aparté (Quién no lo haría), dejándome caer sobre la esquina donde se encuentra la puerta 'norte' de El Corte Inglés, recoveco bullicioso por excelencia y punto de encuentro para emos, gays y otras estratificaciones de la sociedad catalana.

Allí, en medio de la gente, veo a dos personas acercarse. La mirada de una de ellas me hiere. Los ojos de su acompañante me inquietan. No hace falta que me den con una bolsa, ésta vez.
Sé que 'algo' ocurre, y mi interior empieza a llenarse de dudas, hipótesis y sentimientos encontrados.

Curiosamente, a estas dos chicas las sentí mucho más cerca que a aquella señora que me había dado con su bolsa (de Zara, por cierto) cuando, al contrario que ella, ni siquiera me habían tocado.

Casi sin dirigirnos la palabra, caminamos hacia la estación de tren. Faltaba un minuto para que saliera. Corrí. Pasé el billete por la máquina. Mis piernas, que últimamente hacen bastante ejercicio, bajaron las escaleras en un tiempo record. Ellas también lo consiguieron.

Entramos,
había demasiada gente.

Nos quedamos de pie.

Una, en una esquina;
la otra, en otra esquina (con su mp3)
y yo,
todavía dudando,
me arrojé sobre la última esquina libre del vagón.

Me sentí dolorosamente lejos de ellas.

Pasaron minutos,
llegamos,
Ahora sí: ví la luna llena,
caminamos,
y al llegar al punto en el que, o seguíamos juntos, o nos separábamos, un comentario mío hizo que toda aquella distancia quedara evidenciada en las hipótesis revosadas de mi amiga. Dicho de otra manera y hablando en cristiano: Empezamos a discutir.

Ella se enfadaba,
yo callaba, evadía responder en aquellas condiciones, en aquella tensión tan grande.

Cuando uno escribe es porque pretende contar algo. Aquí va lo mío. O lo no mío.

Entonces recordé una frase que, casi sin querer, dijo un día Felix: "Nos pasamos una gran parte de esta vida comprobando a qué distancia estamos del otro."

Dios mio, Felix,
Qué trabajo tan grande.


Dime, improbable lector de este blog,
¿A qué distancia estoy... de tí?
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Puc


He abierto el navegador.

He ido al escritorio de blogger.
He clickado en "nueva entrada"...

...Pero cuando me disponía a escribir,
apareció una estrella de la nada.


Disculpen las molestias.
Se me ha olvidado lo que iba a decir.

*


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